Siento que con esta columna me entierro definitivamente en otra generación, de esas que postulan que todo tiempo pasado fue mejor, que lo que viene está torcido. Pero no es tan así, no pienso eso. No me lapiden, me quiero mantener fresco y joven, pero con pensamiento crítico. A eso los invito, a pensar en nuestros hábitos, sobre todo en los que vamos dejando en el camino.
Me resisto a aceptar que la inteligencia artificial llegó para resolverlo todo. Es más, creo que de a poco nos va quitando habilidades porque vamos cediendo ante el avance tecnológico. Acepto que ya no hagamos el ejercicio de sumar porque lo hace la calculadora -de hecho, ya no recuerdo cómo se hacen algunas cuentas complejas, se me perdió en el camino el ejercicio que aprendí a fuerza de tiza-. Asumo que mi caligrafía no sea la mejor porque el teclado le ganó la pulseada a la hoja y el papel, lógicamente. Sin embargo, creo que a algunas cosas hay que presentarles batalla.
Me da cierta nostalgia que ya no le preguntemos al tipo de la esquina por tal o cual calle: "Jefe, ¿la calle Batilana?". Ok, ahora tenemos las apps que nos clavan la mirada de nuevo, sí, otra vez, en la pantalla del celular. Me resisto a que quienes nos cobran en el peaje no nos saluden, porque ahí sí está justificado su reemplazo por una máquina. Un gesto, che.
Pero aguantemos un poco más. Aunque suene a utopía, me parece que algunas cosas nos mantienen vivos, humanos, cercanos y nos obligan a relacionarnos, a pensar, a hablarnos.
Me parece raro usar la inteligencia artificial para escribir cosas simples porque sí, porque está ahí, a disposición. No entiendo que no ejercitemos la cabeza y le dejemos todo a esta maquinaria que tarde o temprano nos va a cobrar los favores -o ya lo está haciendo- quitándonos la iniciativa, el ingenio y condenándonos a la pérdida de herramientas básicas.
Porque la escritura y el habla son la base del pensamiento, la punta de lanza. Y si cedemos esto, estamos fritos: soluciones enlatadas, respuestas que tienden a la semejanza, quedándonos sin la posibilidad de ser diferentes, de tener una luz, una chispa que nos haga únicos. Esta misma columna pudo haber sido redactada por la IA, pero no. Soy yo, quien suscribe.
Creo que hay que dejar de correr hacia adelante, porque seguimos siendo humanos, y que, si de modas hablamos, la cuestión retro viene pisando fuerte. Una tendencia que, por si hiciera falta, postula "la cuestión humana" como un valor de época. Se expresa en la moda en general, pero también en quienes retornan a celulares más básicos, entre otras cosas.
A veces preocupa, porque incluso a nivel comercial tenemos que educar a quienes nos atienden en los comercios, invitarlos a que dejen un rato el celular para hacer contacto visual con los clientes: "Hola, ¿en qué te puedo ayudar?". A nivel personal, se nos complica la relación de nuestros hijos con las pantallas. Viene difícil. Si no logramos entender que se trata de herramientas, que hay que conocerlas, entenderlas y saber usarlas, estaremos complicados.
Quizá esta columna no sea como otras, pero necesitaba darme el gusto, regalarme el espacio por si alguien quiere leerla, quizá coincidir y, en el mejor de los casos, actuar en consecuencia. Escrita por mí, Juan Bautista Blanc, una persona de carne y hueso.
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